La Dama de Monsoreau

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LXXX

Un paseo al cercado de Tournelles

Mientras sucedían los acontecimientos que acabamos de referir habían ido volviendo poco a poco a París los partidarios del duque de Anjou.

Si dijésemos que volvían confiados no se nos creería. Sabían ellos perfectamente lo que eran el rey, su hermano y su madre, para esperar que todo se concluyese con abrazos de familia.

Tenían muy presente la batida que les habían dado los amigos del rey, y no podían decidirse a creer que en compensación de ello les preparasen un triunfo.

Volvieron, pues, tímidamente, entrando en la ciudad armados de pies a cabeza, prontos a hacer fuego contra cualesquiera persona en quien advirtiesen el menor ademán sospechoso, y desenvainando cincuenta veces la espada antes de llegar al palacio de Anjou, contra paisanos que no cometían otro delito que el de mirarle. Antraguet, especialmente, se mostraba feroz y achacaba todas sus desgracias a los favoritos del rey, prometiéndose cuando llegara el caso decirles dos palabras bien dichas.

Dio parte de este proyecto a Ribeirac, que era hombre de buen consejo, y éste le contestó que antes de todo era necesario hallarse cerca de una frontera o de dos.

—Ya lo arreglaremos —dijo Antraguet.


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