La Dama de Monsoreau

La Dama de Monsoreau

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LXXXIII

Continuación del anterior

En la víspera del Corpus por la noche, luego que los Guisas y los angevinos arreglaron los pormenores de su plan, M. de Monsoreau se retiró a su casa y halló en ella a Bussy.

Entonces, pensando que aquel valiente gentilhombre, a quien profesaba grande amistad, podría, no estando advertido, comprometerse singularmente, le llamó aparte y le dijo:

—Conde, amigo, ¿me permitiréis que os dé un consejo?

—¿No he de permitir? y aun os suplico que me lo deis.

—Yo en vuestro lugar saldría mañana de París.

—¿Y por qué?

—Todo lo que puedo deciros es que, según las apariencias, vuestra ausencia os salvaría de un gran peligro.

—¿De un gran peligro? —repitió Bussy, mirando ahincadamente a Monsoreau—. ¿Y cuál?

—¿Ignoráis lo que debe pasar mañana?

—Por completo.

—¿De veras?

—A fe de caballero.

—¿Nada os ha dicho el duque de Anjou?


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