La Dama de Monsoreau

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LXXXIV

La procesión

Terminada la colación entró el rey en su cuarto con Chicot para ponerse el hábito de penitente, y salió un momento después descalzo, con una cuerda atada por la cintura, y echada la capucha sobre la cabeza.

Mientras tanto, los cortesanos se habían disfrazado del mismo modo. El tiempo estaba magnífico, y el piso cubierto de flores; todos ponderaban la esplendidez de los altares colocados en la carrera, y sobre todo del que los frailes de Santa Genoveva habían preparado en la cripta de la capilla.

Una inmensa multitud llenaba las calles que debía recorrer el rey, y principalmente aquellas en que se hallaban los conventos done debía detenerse, que eran los Jacobinos, el Carmen, Capuchinos y Santa Genoveva.

Abría la marcha el clero de Saint-Germain-l’Auxerrois; seguía luego el arzobispo de París con el Santo Sacramento, precedido de niños que marchaban de espaldas e iban incensando al Santísimo, y de niñas que le arrojaban hojas de rosa.

Detrás iba el rey seguido de sus cuatro amigos, todos descalzos según hemos dicho, y vestidos de penitentes y precediendo al duque de Anjou, que iba con su traje ordinario, acompañado de toda su Corte y seguido de los grandes dignatarios de la corona que ocupaban los puestos que la etiqueta previamente les tenía señalados.


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