La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau Chicot
El rey se hallaba abismado en una meditación tan profunda, que prometÃa a los Guisa el logro fácil de su plan.
Visitó la cripta con toda la comunidad, besó la urna de las reliquias, repitiendo a cada ceremonia los golpes de pecho, y mascullando los salmos más lúgubres.
Después empezó el prior sus exhortaciones, escuchándolas el rey con la misma contrición ferviente.
Por último, el duque de Guisa hizo una seña, y el prior, inclinándose delante del rey, le dijo:
—Señor, ¿vendréis ahora a despojaros de vuestra corona terrenal a los pies del Eterno?
—Vamos… —repuso el rey.
Al momento, toda la comunidad formada en dos filas siguió al rey, a quien el prior llevaba hacia las celdas situadas a la izquierda en el corredor principal.
Enrique parecÃa muy contrito: no dejaba de darse golpes de pecho y de pasar las cuentas del rosario de marfil atado a la cintura, que figuraban cabezas de muerto.
Llegaron por último a la celda cuya puerta ocupaba el padre Gorenflot con el rostro iluminado y los ojos brillantes como un carbunclo.
—¿Es aqu� —preguntó el rey.
—Aquà mismo —contestó el frailote.
