La Dama de Monsoreau

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LXXXV

Chicot

El rey se hallaba abismado en una meditación tan profunda, que prometía a los Guisa el logro fácil de su plan.

Visitó la cripta con toda la comunidad, besó la urna de las reliquias, repitiendo a cada ceremonia los golpes de pecho, y mascullando los salmos más lúgubres.

Después empezó el prior sus exhortaciones, escuchándolas el rey con la misma contrición ferviente.

Por último, el duque de Guisa hizo una seña, y el prior, inclinándose delante del rey, le dijo:

—Señor, ¿vendréis ahora a despojaros de vuestra corona terrenal a los pies del Eterno?

—Vamos… —repuso el rey.

Al momento, toda la comunidad formada en dos filas siguió al rey, a quien el prior llevaba hacia las celdas situadas a la izquierda en el corredor principal.

Enrique parecía muy contrito: no dejaba de darse golpes de pecho y de pasar las cuentas del rosario de marfil atado a la cintura, que figuraban cabezas de muerto.

Llegaron por último a la celda cuya puerta ocupaba el padre Gorenflot con el rostro iluminado y los ojos brillantes como un carbunclo.

—¿Es aquí? —preguntó el rey.

—Aquí mismo —contestó el frailote.


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