La Dama de Monsoreau

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LXXXVI

Los intereses y el capital

A medida que el rey hablaba, la sorpresa de los conjurados se iba convirtiendo en terror.

La firma de Chicot I, convirtió el espanto en furor.

Chicot se echó atrás la capucha, se cruzó de brazos, y mientras Gorenflot huía a todo escape, él sostuvo inmóvil y risueño el primer choque.

El momento fue terrible; gran multitud de hombres furiosos se dirigieron al gascón resueltos a vengarse de la burla cruel de que eran víctimas.

Pero aquel hombre desarmado, cuyo pecho se hallaba cubierto por los dos brazos, cuyo semblante burlón parecía que les desafiaba, les contuvo más tal vez, que las exhortaciones del cardenal, el cual les hizo notar, que la muerte de Chicot no serviría de nada, sino por el contrario, el rey la vengaría cruelmente, pues era cómplice de la burla terrible que su bufón les había hecho.

Volvieron a la vaina las dagas y las tizonas, y Chicot, fuese por fidelidad al rey, y era capaz de llevarla hasta este punto, o fuese porque penetrase el pensamiento de los conjurados, continuó riéndose de ellos en sus barbas.


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