La Dama de Monsoreau

La Dama de Monsoreau

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LXXXIX

Otra vez el padre Gorenflot

La aventura de la conspiración fue hasta el fin una comedia: los suizos situados a la embocadura de aquel río de intrigas, y los guardias franceses colocados en su confluente, no obstante haber tendido sus redes con ánimo de atrapar a los más gordos conspiradores, no cogieron ni el más miserable pececillo.

Todos habían escapado por el subterráneo.

Crillon, no viendo salir a nadie del convento, echó la puerta abajo, y tomando treinta hombres de escolta, pasó adelante con el rey.

En los dilatados y obscuros claustros reinaba un silencio de muerte.

Crillon, como experto guerrero, habría preferido el ruido a este silencio: temía una emboscada.

Pero en balde envió delante exploradores, en vano mandó abrir las puertas y ventanas, en vano registró la cripta; todo estaba desierto.

El rey marchaba de los primeros con la espada, gritando con la mayor fuerza:

—¡Chicot, Chicot!

Nadie contestaba.

—¿Le habrán dado muerte? —decía el rey—. ¡Pardiez! Me pagarán mi bufón por el precio de un caballero.

—Vuestra Majestad tiene razón, señor, porque lo es y de los más valientes.


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