La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau Otra vez el padre Gorenflot
La aventura de la conspiración fue hasta el fin una comedia: los suizos situados a la embocadura de aquel rÃo de intrigas, y los guardias franceses colocados en su confluente, no obstante haber tendido sus redes con ánimo de atrapar a los más gordos conspiradores, no cogieron ni el más miserable pececillo.
Todos habÃan escapado por el subterráneo.
Crillon, no viendo salir a nadie del convento, echó la puerta abajo, y tomando treinta hombres de escolta, pasó adelante con el rey.
En los dilatados y obscuros claustros reinaba un silencio de muerte.
Crillon, como experto guerrero, habrÃa preferido el ruido a este silencio: temÃa una emboscada.
Pero en balde envió delante exploradores, en vano mandó abrir las puertas y ventanas, en vano registró la cripta; todo estaba desierto.
El rey marchaba de los primeros con la espada, gritando con la mayor fuerza:
—¡Chicot, Chicot!
Nadie contestaba.
—¿Le habrán dado muerte? —decÃa el rey—. ¡Pardiez! Me pagarán mi bufón por el precio de un caballero.
—Vuestra Majestad tiene razón, señor, porque lo es y de los más valientes.
