La Dama de Monsoreau

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XC

Chicot adivina por qué tenía D’Epernon ensangrentados los pies y pálidas las mejillas

El rey al volver al Louvre encontró a sus amigos acostados y durmiendo pacíficamente.

Los acontecimientos históricos tienen la extraña propiedad de reflejar su grandeza sobre las circunstancias que les han precedido.

Los que con el prestigio que da la presencia consideren los acontecimientos que debían efectuarse aquella misma mañana, pues eran las dos cuando el rey volvió al Louvre, encontrarán tal vez algún interés en ver a Enrique III, luego de haber estado expuesto a perder la corona, refugiarse al lado de sus amigos que dentro de pocas horas debían exponerse por él a perder la vida.

Al poeta, hombre de naturaleza privilegiado, que no prevé pero que adivina, le parecerán melancólicos y bellos los semblantes de aquellos jóvenes que con el sueño recobran su natural hermosura, que confiados se sonríen, y que semejantes a hermanos acostados en la alcoba paterna descansan en sus lechos puestos unos al lado de otros.

Enrique se adelantó lentamente por medio de ellos seguido de Chicot, que luego de haber dejado al fraile en lugar seguro había vuelto al lado del rey.

Un lecho, sin embargo, estaba vacío, que era el de d’Epernon.


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