La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau La hora del combate
El dÃa amaneció hermoso; los vecinos de ParÃs ignoraban la noticia, mas los nobles realistas y los consternados partidarios de Guisa esperaban el suceso y tomaban medidas de prudencia para cumplimentar oportunamente al vencedor.
El rey, según dijimos, no durmió en toda la noche: la pasó rezando y llorando, y como al cabo era valiente, y sobre todo experto en materia de duelos, salió a las tres de la mañana en compañÃa de Chicot, para prestar a sus amigos el único servicio que estaba en su mano.
Fue a examinar el terreno en que debÃa verificarse el combate.
La escena fue muy notable, aunque hablando con seriedad debemos decir que muy pocos la notaron.
El rey, vestido con un traje de color obscuro, embozado en una amplia capa, con la espada al lado y los cabellos y los ojos ocultos bajo las alas del sombrero, siguió la calle de San Antonio hasta unos trescientos pasos antes de la Bastilla; pero allÃ, viendo un numeroso grupo de gente agolpado un poco más arriba de la calle de San Pablo, no quiso aventurarse entre aquella multitud, tomó la calle de Santa Catalina y entró por detrás en el cercado de Tournelles.
Ya sabemos lo que aquella muchedumbre hacÃa allÃ; contaba los muertos de la noche anterior.
