La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau El combate
El terreno en que iba a efectuarse este terrible combate, estaba plantado de árboles como hemos dicho, y bastante retirado de toda habitación.
De ordinario sólo le frecuentaban los muchachos que jugaban de dÃa y los borrachos y ladrones que dormÃan allà por la noche.
Las barreras levantadas por los chalanes servÃan naturalmente de obstáculo a la muchedumbre, que semejante a las olas de un rÃo sigue una corriente, y no se detiene ni retrocede a no ser que encuentre algún obstáculo.
Los transeúntes no se detenÃan jamás en aquel sitio.
Además, era muy temprano, y la multitud tenÃa un gran motivo que le llamaba la atención en la casa ensangrentada de Monsoreau.
Chicot, conmovido, por más que no era muy sensible por naturaleza, se sentó delante de los lacayos y pajes en una balaustrada de madera.
No amaba a los angevinos, detestaba a los favoritos, mas unos y otros eran valientes, y por sus venas circulaba sangre generosa, que muy pronto iba a derramarse.
D’Epernon quiso arriesgar por última vez una bravata.
—¿Qué es esto? —preguntó—, ¿se me tiene miedo?
