La Dama de Monsoreau

La Dama de Monsoreau

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XCIV

Conclusión

El rey se paseaba por la sala de armas, pálido, agitado y temblando al menor ruido. Calculaba, como hombre experimentado, el tiempo que sus amigos habían debido emplear en llegar hasta el sitio del combate, así como todas las probabilidades buenas o malas que podían deducirse de su carácter, fuerza o destreza.

—Ahora —decía—, ahora cruzan la calle de San Antonio.

Ya entran en el cercado. Ahora sacan las espadas.

Ya debe de haber empezado el combate.

Luego el pobre rey se puso a rezar temblando.

Pero su alma estaba abismada en otros pensamientos, y la oración que sus labios pronunciaban no salía del corazón.

Al cabo de algunos momentos se levantó diciendo:

—Con tal que Quelus se acuerde de aquel golpe que le he enseñado, parando con la espada y dando con la daga.

Lo que es Schomberg tiene serenidad, y matará sin duda a ese Ribeirac.


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