La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau Conclusión
El rey se paseaba por la sala de armas, pálido, agitado y temblando al menor ruido. Calculaba, como hombre experimentado, el tiempo que sus amigos habÃan debido emplear en llegar hasta el sitio del combate, asà como todas las probabilidades buenas o malas que podÃan deducirse de su carácter, fuerza o destreza.
—Ahora —decÃa—, ahora cruzan la calle de San Antonio.
Ya entran en el cercado. Ahora sacan las espadas.
Ya debe de haber empezado el combate.
Luego el pobre rey se puso a rezar temblando.
Pero su alma estaba abismada en otros pensamientos, y la oración que sus labios pronunciaban no salÃa del corazón.
Al cabo de algunos momentos se levantó diciendo:
—Con tal que Quelus se acuerde de aquel golpe que le he enseñado, parando con la espada y dando con la daga.
Lo que es Schomberg tiene serenidad, y matará sin duda a ese Ribeirac.
