La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau La voz de Dios
Enrique y Chicot permanecieron inmóviles y silenciosos por espacio de diez minutos. De pronto se incorporó el rey con sobresalto y se quedó sentado en la cama.
Chicot hizo otro tanto al sentir aquel movimiento y aquel ruido que le arrancaba a la dulce somnolencia que precede al sueño.
Ambos se miraron mutuamente con centelleantes ojos.
—¿Qué es eso? —preguntó Chicot en voz baja.
—¡El hálito —dijo el rey en voz aún más baja—, el hálito!
En el mismo instante se apagó una de las bujías que el sátiro de oro tenía en la mano; después se apagó Ja segunda, después la tercera, luego, en fin, la última.
—¡Hola! —exclamó Chicot—; ¡y cómo sopla!
Apenas había pronunciado Chicot la última sílaba de estas palabras, se apagó también la lámpara, v el aposento quedó alumbrado solamente con los últimos resplandores de la chimenea.
—¡Cerdo! —dijo Chicot levantándose completamente.
—Va a hablar —dijo el rey encorvándose—, va a hablar.
—Entonces —repuso Chicot—, escucha.
