La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau El casamiento
(Concluye la historia de Diana de Meridor.)
—Por mi vida que es un hombre muy extraño ese M. de Monsoreau —dijo Bussy.
—En efecto, muy singular, ¿no es verdad, caballero?, porque su amor se presentaba con toda la aspereza del aborrecimiento. Gertrudis, al volver, me encontró más triste y asustada que nunca.
Procuró tranquilizarme; pero la pobre muchacha estaba tan turbada como yo. Aquél respeto glacial, aquella irónica obediencia, aquella pasión reprimida y que en notas estridentes vibraba en cada una de sus palabras, eran más terribles que lo podÃa haber sido la expresión franca y explÃcita de una firme voluntad, que yo hubiera podido combatir.
Al dÃa siguiente era domingo: desde que tengo uso de razón nunca habÃa faltado al oficio divino. Oà la campana de la iglesia de Santa Catalina que me llamaba; vi a todos los vecinos encaminar sus pasos al templo; tomé un espeso velo, y cubriéndome con él, seguida de Gertrudis, me confundà entre la muchedumbre que al tañido de la campana acudÃa.
Busqué el rincón más obscuro y me arrodillé junto a la pared. Gertrudis se colocó como centinela entre la gente y yo; mas esta vez fueron inútiles las precauciones, nadie fijó la atención en nosotras.
