La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau No siempre el que abre la puerta es el que entra en la casa
La puerta de San Antonio era una especie de bóveda, bastante parecida a la puerta de San Dionisio y a la de San Martín de nuestros días, con la sola diferencia de que por el lado izquierdo se unía con los edificios adyacentes y a la Bastilla, y también, por lo tanto, con aquella antigua fortaleza.
El espacio comprendido a la derecha, entre la puerta y el palacio de Bretaña, era extenso, sombrío y pantanoso; pero estaba poco frecuentado de día y completamente solitario por la noche; porque los transeúntes nocturnos se habían formado un camino inmediato a la fortaleza, a fin de colocarse de algún modo (en aquel tiempo en que las calles eran madrigueras de salteadores donde impunemente se cometían los crímenes) bajo la protección del centinela del muro, que podía, no socorrerlos, pero al menos llamar en su auxilio y espantar con sus gritos a los malhechores.
Inútil es decir que en las noches de invierno eran los transeúntes aún más prudentes que en las de verano.
