La Dama de Monsoreau

La Dama de Monsoreau

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XXIII

El anciano huérfano

No se había engañado madame de San Lucas: dos horas después se encontraban nuestros viajeros enfrente del castillo de Meridor.

Las últimas palabras que mediaron entre ellos hicieron pensar a Bussy si debería contar a sus buenos amigos la aventura que tenía a Diana lejos del castillo de Meridor; pero pensó que, una vez en la senda de las revelaciones, tendría qué descubrir no solamente lo que todos iban a saber enseguida, sino lo que él solo sabía y no quería comunicar a nadie. Desistió, pues, de hacer una confesión, que naturalmente debía producir interpretaciones y preguntas.

Además quería entrar en Meridor como hombre completamente desconocido; quería ver sin preparación de ninguna especie a M. de Meridor y oírle hablar de M. de Monsoreau y del duque de Anjou; quería, en fin, convencerse, no de que la narración de Diana era sincera, pues no tenía la más ligera sospecha de que aquel ángel de pureza hubiese mentido, sino de que ella misma no se hubiera engañado en algo, y de que aquella relación que él con tan poderoso interés escuchara, había sido una fiel interpretación de los acontecimientos.


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