📕 La Dama de Monsoreau (Dumas, p. 506) - PlanetaLibro.net

La Dama de Monsoreau

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XXVI

El despertar del padre Gorenflot

Dejamos a nuestro amigo Chicot en éxtasis delante del no interrumpido sueño y de los magníficos ronquidos del P. Gorenflot. Después de haber encargado mucho al posadero que no hablase una palabra a nadie de su salida a las diez de la noche ni de su vuelta a las tres de la mañana, le hizo seña de que se retirara y se llevase la luz.

Como maese Claudio Bonhomet había observado que en las relaciones que existían entre el bufón y el fraile, el bufón era siempre el que pagaba, tenía a éste en gran estima, al paso que el fraile no le inspiraba sino muy poco respeto.

En su consecuencia, prometió a Chicot no despegar sus labios, y se ausentó dejando a los dos amigos a obscuras, según se le había encargado.

Después notó Chicot una cosa que excitó su admiración, y era que el padre Gorenflot roncaba y hablaba a la par, lo cual era señal, no de una conciencia cargada de remordimientos, como podría creerse, sino de un estómago atestado de viandas.

Las palabras que pronunciaba Gorenflot en su sueño, formaban unas a otras una horrible mescolanza de elocuencia sagrada y de máximas báquicas.


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