La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau El despertar del padre Gorenflot
Dejamos a nuestro amigo Chicot en éxtasis delante del no interrumpido sueño y de los magníficos ronquidos del P. Gorenflot. Después de haber encargado mucho al posadero que no hablase una palabra a nadie de su salida a las diez de la noche ni de su vuelta a las tres de la mañana, le hizo seña de que se retirara y se llevase la luz.
Como maese Claudio Bonhomet había observado que en las relaciones que existían entre el bufón y el fraile, el bufón era siempre el que pagaba, tenía a éste en gran estima, al paso que el fraile no le inspiraba sino muy poco respeto.
En su consecuencia, prometió a Chicot no despegar sus labios, y se ausentó dejando a los dos amigos a obscuras, según se le había encargado.
Después notó Chicot una cosa que excitó su admiración, y era que el padre Gorenflot roncaba y hablaba a la par, lo cual era señal, no de una conciencia cargada de remordimientos, como podría creerse, sino de un estómago atestado de viandas.
Las palabras que pronunciaba Gorenflot en su sueño, formaban unas a otras una horrible mescolanza de elocuencia sagrada y de máximas báquicas.
