La Dama de Monsoreau

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XXIX

Los cambios del padre Gorenflot

Las tribulaciones de Gorenflot tocaban a su fin, al menos por aquel día. Después del rodeo, tomaron ambos viajeros el camino real y se detuvieron tres cuartos de legua más allá en una posada rival de la anterior.

Ocuparon un aposento cuyas ventanas daban al camino y Chicot mandó que en él les diesen de cenar; pero claramente se veía que la cena no era para nuestro gascón sino un asunto secundario, pues comía tan sólo con la mitad de los dientes, mientras que miraba con los dos ojos y escuchaba con los dos oídos. Esta distracción duró hasta las diez de la noche, hora en que Chicot, no habiendo visto ni oído nada, se levantó de su puesto mandando al ventero que diesen dobles raciones de avena y salvado al caballo y al asno y los tuviese dispuestos para el amanecer.

Al oír esta orden, Gorenflot, que al parecer dormía hacía una hora, pero que realmente estaba solamente adormecido y en el dulce éxtasis que sigue a una buena cena acompañada de frecuentes libaciones de vino generoso, exhaló un profundo suspiro, y preguntó:

—¿Al amanecer?

—¡Sí!, ¿y qué importa? ya debéis estar acostumbrado a levantaron a esa hora.

—¿Por qué razón? —dijo Gorenflot.

—¿Y los maitines?


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