La Dama de Monsoreau

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XXXI

La confesión

Al fin llegó o pareció llegar el día en que maese Niolás debía desocupar su habitación. Bernouillet se precipitó en el cuarto de Chicot dando tan estrepitosas carcajadas, que éste tuvo que aguardar mucho tiempo antes de saber la causa de aquella inmoderada risa.

—¡Se muere! —exclamaba el caritativo mesonero—, ¡está expirando!, ¡al fin se le llevan los diablos!

—¿Y de eso os reís? —interrogó Chicot.

—Es que el chasco no es para menos.

—¿Qué chasco?

—Confesad que sois vos quien se lo da.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Más, qué es eso?, ¿qué le ha sucedido?

—¿Qué le ha sucedido? Ya sabéis que siempre estaba clamando por el hombre que debía venir de Avignon.

—Y bien, ¿ha venido por último?

—Ha venido.

—¿Le habéis visto?

—¡Pardiez! ¿Acaso entra aquí alguna persona, sin que yo la vea?

—¿Y qué señas tiene?

—Es un hombre de corta estatura, flaco y colorado.


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