La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau De cómo Chicot, luego de haber hecho un agujero con una barrena, hizo otro con la espada
Maese Nicolás David, al ver al hombre que sabÃa era su mortal enemigo, no pudo reprimir un movimiento de terror.
Gorenflot se aprovechó de aquél movimiento para apartarse a un lado y romper la comunicación entre su cuello y la espada del abogado.
—A mÃ, querido amigo, a mÃ, socorro, auxilio, que me matan.
—¡Ah!, ¿sois vos, querido M. David? —exclamó Chicot.
—Sà —tartamudeó David—, yo soy.
—Celebro infinito haberos hallado —repuso el gascón.
Después volviéndose hacia el fraile, le dijo:
—Mi buen amigo Gorenflot, vuestra presencia como eclesiástico era muy precisa hace poco, cuando creÃamos moribundo al digno Monsieur David; pero puesto que está sano y bueno, no necesita ya confesor y se las entenderá con un caballero.
David respondió con una risita a la que procuró dar la expresión más sarcástica posible.
