La Dama de Monsoreau

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XXXII

De cómo Chicot, luego de haber hecho un agujero con una barrena, hizo otro con la espada

Maese Nicolás David, al ver al hombre que sabía era su mortal enemigo, no pudo reprimir un movimiento de terror.

Gorenflot se aprovechó de aquél movimiento para apartarse a un lado y romper la comunicación entre su cuello y la espada del abogado.

—A mí, querido amigo, a mí, socorro, auxilio, que me matan.

—¡Ah!, ¿sois vos, querido M. David? —exclamó Chicot.

—Sí —tartamudeó David—, yo soy.

—Celebro infinito haberos hallado —repuso el gascón.

Después volviéndose hacia el fraile, le dijo:

—Mi buen amigo Gorenflot, vuestra presencia como eclesiástico era muy precisa hace poco, cuando creíamos moribundo al digno Monsieur David; pero puesto que está sano y bueno, no necesita ya confesor y se las entenderá con un caballero.

David respondió con una risita a la que procuró dar la expresión más sarcástica posible.


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