La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau La policía en tiempo del rey Enrique
M. de Monsoreau, aprovechándose de la autorización que le había dado el duque de Anjou, presentó aquel mismo día a su mujer a la reina madre y a la reina.
Enrique se había acostado meditabundo como de ordinario, pues M. de Morvilliers le había anunciado que al día siguiente sería preciso celebrar un gran consejo.
Enrique no hizo pregunta ninguna al canciller; era tarde y Su Majestad tenía ganas de dormir. Señalóse para el consejo la hora más cómoda a fin de no turbar el descanso ni el sueño del rey.
El digno magistrado conocía perfectamente a su amo y sabía que le sucedería lo contrario que a Filipo de Macedonia, es decir, que medio dormido o en ayunas no oiría con la lucidez suficiente las comunicaciones que tenía qué hacerle.
Sabía también que Enrique, cuyos insomnios eran frecuentes, pues el no dormir es peculiar del hombre que tiene que velar por el sueño de otros, en el silencio de la noche pensaría en la audiencia que le había pedido y se la otorgaría de tanta mejor gana cuanto que la gravedad de las circunstancias excitaría su curiosidad.
Todo aconteció como M. de Morvilliers lo había previsto.
