La Dama de Monsoreau

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XXXIX

El mejor medio de escuchar es oír

El duque de Anjou halló al de Guisa en el mismo cuarto de la reina de Navarra, donde en otro tiempo el Bearnés y Mouy habían concertado en voz baja sus planes de evasión, porque el prudente Enrique de Bearn sabía que casi todos los aposentos del Louvre estaban dispuestos de modo, que las palabras que en ellos se dijesen, aun pronunciadas a media voz, llegaran a los oídos de quien estuviese interesado en escucharlas. El duque de Anjou no ignoraba esta circunstancia; pero completamente seducido por la fingida benevolencia de su hermano, o la olvidó o no le dio importancia alguna.

Enrique III entro en su observatorio en el instante mismo en que el duque de Anjou entraba en su aposento, de suerte que el rey no perdió ninguna de las palabras que pronunciaron los dos interlocutores.

—¿Qué hay, monseñor? —preguntó impaciente el duque de Guisa.

—Se levantó la sesión, duque.

—Muy pálido estáis, monseñor.

—¿Visiblemente? —preguntó el duque de Anjou sobresaltado.

—Para mí, sí, monseñor.

—¿Pero el rey no ha visto nada?

—Nada, a lo que creo: Su Majestad habrá detenido a Vuestra Alteza…

—¿Lo habéis visto, duque?


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