La Dama de Monsoreau

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XLVII

Las zancas de Chicot, el boliche de Quelus y la cerbatana de Schomberg

Chicot regresaba al Louvre muy alegre a pesar de su aparente frialdad, porque experimentaba una triple satisfacción; había salvado a un valiente como Bussy, había dirigido una intriga, y había vencido todos los obstáculos que se oponían para que el rey pudiese dar un golpe de Estado, reclamado por las circunstancias.

En efecto, era muy posible que la energía y el valor de M. de Bussy, y el espíritu de asociación de M. de Guisa, cooperasen a armar aquel día un fuerte tumulto en la buena ciudad de París.

Todo lo que el rey había temido, todo lo que había previsto Chicot, ocurrió como era de esperar.

M. de Guisa recibió en su casa aquella mañana a los principales personajes de la Liga, los cuales le trajeron cada uno por su parte, los registros cubiertos de firmas que hemos visto abiertos en las plazas, a las puertas de las posadas principales y hasta en los altares de las iglesias; M. de Guisa ofreció que aquel día se nombraría el jefe de la Liga, e hizo jurar a todos que reconocerían por jefe al que nombrase el rey; M. de Guisa, por último, tuvo una conferencia con el cardenal y con M. de Mayena, y luego salió de su palacio para el del duque de Anjou, a quien había perdido de vista la víspera a las diez de la noche.


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