La Dama de Monsoreau

La Dama de Monsoreau

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XLIX

Continuación del anterior

—Señores —dijo el rey en medio del más profundo silencio, después de haberse asegurado de que d’Epernon, Schomberg, Quelus y Maugiron, relevados de su puesto por una guardia de suizos, habían venido a colocarse detrás de su sillón—; señores, situados los reyes, por decirlo así, entre el cielo y la tierra, oyen igualmente la voz del Cielo y los clamores de sus súbditos, es decir, lo que manda Dios y lo que pide su pueblo. Comprendo muy bien que la reunión de todos los poderes en una sola mano para defender la fe católica debe ser una garantía de todos mis súbditos, y por eso he oído con tanto placer el consejo que nos ha dado nuestro primo el de Guisa. Declaro, pues, la Santa Liga bien y debidamente instituida y autorizada, y como es imprescindible que un cuerpo tan grande tenga una buena y poderosa cabeza, como es muy importante que el jefe llamado a defender la iglesia sea uno de sus hijos más celosos, y que le impongan este sentimiento su misma naturaleza y su elevada posición he elegido un príncipe cristiano para ponerle a la cabeza de la Liga, y declaro que el jefe de la Liga se llamará de aquí en adelante…

Enrique hizo de propósito una pequeña pausa.

En medio de la quietud y silencio general hubiera llamado fuertemente la atención el ligero vuelo de un mosquito.

El rey repitió:


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