La Dama de Monsoreau

La Dama de Monsoreau

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Etocles y Polinice

Aquel famoso día concluía tan tumultuoso y brillante como había empezado.

Los amigos del rey se regocijaban; los predicadores de la Liga se preparaban a canonizar al hermano Enrique, y preconizaban, como en otra época hicieran con San Mauricio, los grandes hechos de armas de que Valois había sido el héroe en su juventud.

Los favoritos decían:

—Por fin ha despertado el león.

Los de la Liga decían:

—Al fin adivinó la zorra adónde estaba la trampa.

Y como en el carácter de la nación francesa domina principalmente el amor propio, y los franceses no obedecen con gusto a jefes de una inteligencia inferior, los mismos conspiradores se regocijaban de que les hubiese engañado el rey.

Verdad es que los principales se habían puesto en salvo: los tres príncipes de Lorena habían abandonado a París a toda prisa, y su agente principal, M. de Monsoreau, iba a salir del Louvre para hacer los preparativos de marcha, con objeto de alcanzar al duque de Anjou; pero al tiempo de ir a poner el pie fuera del Louvre, se llegó a él Chicot. Los partidarios de la Liga se habían marchado ya de palacio, y el gascón nada tenía que temer por su rey.


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