La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau No siempre se pierde el tiempo registrando armarios vacíos
La conversación que acababa de tener el duque de Anjou con el rey, le hizo creer que estaba en una posición desesperada: los cuatro favoritos le contaron todo lo que había pasado en el Louvre, y no contentos con esto, le pintaron la derrota de los Guisas y el triunfo de Enrique más completos que lo eran realmente; además había oído gritar al populacho, lo cual al principio le parecía incomprensible: viva el rey y viva la Liga a un mismo tiempo. Le habían abandonado los jefes principales, porque tenían también que defender sus personas: se veía abandonado de su familia, diezmada por los asesinatos y por los envenenamientos, dividida por odios y rencillas; y echaba de menos, con pesar, los tiempos pasados que le había citado Enrique acordándose de que en su lucha contra el rey Carlos IX tenía por confidentes y auxiliares, o mejor dicho, por incautos instrumentos a dos amigos fieles, a dos espadas de fuego, que se llamaban Cotonnas y La Mole.
