La Dama de Monsoreau

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LII

La fuga

Cuando el duque de Anjou se quedó solo, sabiendo que todavía tenía una hora por suya, sacó la escala de cuerda de debajo del almohadón, la desenvolvió y examinó uno por uno todos sus nudos y todos sus escalones con la prudencia más minuciosa.

—La escala es buena —exclamó—, y en lo que de ella depende no parece que me la envían como medio de que me rompa la cabeza.

Entonces la desplegó toda y contó treinta y ocho escalones, distantes quince pulgadas uno de otro.

—Su longitud es suficiente —añadió—; por este lado nada tengo que temer.

Después permaneció un instante pensativo, al cabo del cual exclamó:

—¡Ah! ya caigo, esos infames favoritos son los que me envían esta escala a fin de que la fije en el balcón, y mientras bajo por ella entrar y cortar las cuerdas.

Volvió a reflexionar y después dijo:

—Eh, no, no es posible; no son tan imbéciles que crean que voy a exponerme a bajar sin atrancar primero la puerta, y atrancada la puerta, han debido calcular que tendré tiempo para huir antes que logren echarla abajo.

Eso haría —añadió mirando en torno suyo—, eso haría ciertamente si me decidiera a huir.


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