La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau La fuga
Cuando el duque de Anjou se quedó solo, sabiendo que todavía tenía una hora por suya, sacó la escala de cuerda de debajo del almohadón, la desenvolvió y examinó uno por uno todos sus nudos y todos sus escalones con la prudencia más minuciosa.
—La escala es buena —exclamó—, y en lo que de ella depende no parece que me la envían como medio de que me rompa la cabeza.
Entonces la desplegó toda y contó treinta y ocho escalones, distantes quince pulgadas uno de otro.
—Su longitud es suficiente —añadió—; por este lado nada tengo que temer.
Después permaneció un instante pensativo, al cabo del cual exclamó:
—¡Ah! ya caigo, esos infames favoritos son los que me envían esta escala a fin de que la fije en el balcón, y mientras bajo por ella entrar y cortar las cuerdas.
Volvió a reflexionar y después dijo:
—Eh, no, no es posible; no son tan imbéciles que crean que voy a exponerme a bajar sin atrancar primero la puerta, y atrancada la puerta, han debido calcular que tendré tiempo para huir antes que logren echarla abajo.
Eso haría —añadió mirando en torno suyo—, eso haría ciertamente si me decidiera a huir.
