La Dama de Monsoreau

La Dama de Monsoreau

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LIII

Las amigas

Ínterin París hervía como lo interior de un horno, madame de Monsoreau, escoltada por su padre y dos criados, que se reclutaban entonces como tropas auxiliares para una expedición, se dirigía al castillo de Meridor, haciendo jornadas de diez leguas.

También ella comenzaba a gustar esa libertad, preciosa para las personas que han sufrido. El azul del cielo del campo, comparado con aquel cielo constantemente amenazador suspendido como un crespón sobre las torres negras de la Bastilla; las hojas, ya verdes, de los árboles, los hermosos caminos que se perdían como largas cintas ondulosas en lo interior de los bosques, todo le parecía fresco y joven, rico y nuevo, como si en realidad acabase de salir de la tumba donde su padre la había creído enterrada.

El anciano barón se sentía tan rejuvenecido como si tuviera veinte años menos.

Al ver el aplomo con que se afirmaba en los estribos y con que espoleaba al viejo Jarnac, se le habría tenido por uno de aquellos vetustos maridos que acompañaban a sus jóvenes mujeres, cuidándolas amorosamente.

No trataremos de describir este largo viaje, el cual no tuvo más incidentes que la salida y la postura del sol.


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