La Dama de Monsoreau

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LV

Bussy rehúsa vender su caballo y consiente en regalarlo

Al día siguiente salió Bussy de Angers antes que los más madrugadores se hubiesen desayunado.

No corría, volaba por el camino. Diana había subido a un terraplén del castillo, desde donde se divisaba el sendero sinuoso y blanquecino ondulando entre los verdes prados. Vio también un punto negro que se adelantaba como un meteoro, dejando tras de sí la larga y tortuosa cinta del camino.

Bajó al momento para no hacer esperar a Bussy y también con el objeto de alabarse de haber esperado.

Apenas tocaba el sol la copa de las grandes encinas; las perlas del rocío de la mañana mojaban la hierba; a lo lejos en la montaña, se oía la corneta de San Lucas, a quien Juana exaltaba para que tocase, con el fin de recordar a su amiga el servicio que le hacía dejándola sola.

El corazón de Diana sentía un placer tan grande, tan vivo; tan satisfecha estaba de su juventud, de su belleza, de su amor, que mientras corría al encuentro de Bussy le pareció varias veces que su alma, revistiéndose de alas, arrebataba a su cuerpo para volar hasta Dios.


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