La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau El billete
A la puerta del palacio ducal se halló Bussy con el rostro franco, leal y risueño de un hombre a quien creÃa a ochenta leguas de distancia.
—¡Ah! —exclamó con acento de singular alegrÃa—, ¿eres tú, Remigio?
—SÃ, monseñor, yo soy.
—Iba a escribirte que vinieras.
—¿Cierto?
—Palabra de honor.
—Eso me tranquiliza; yo temÃa que me regañaseis.
—¿Y por qué?
—Porque he venido sin vuestro permiso. Pero oà decir que el duque de Anjou se habÃa escapado del Louvre y partido para su provincia; recordé que vos estabais en las cercanÃas de Angers; pensé que habrÃa guerra civil, muchas estocadas dadas y recibidas, y gran número de agujeros en la piel de mi prójimo, y como yo amo a mi prójimo como a mà mismo, y aun más que a mà mismo, he acudido al instante.
—Has hecho bien, Remigio, pues te aseguro que me hacÃas falta.
—¿Cómo lo pasa Gertrudis, monseñor?
Bussy se sonrió.
—Te prometo —dijo—, pedir noticias de ella a Diana la primera vez que la vea.
