La Dama de Monsoreau

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LVIII

El billete

A la puerta del palacio ducal se halló Bussy con el rostro franco, leal y risueño de un hombre a quien creía a ochenta leguas de distancia.

—¡Ah! —exclamó con acento de singular alegría—, ¿eres tú, Remigio?

—Sí, monseñor, yo soy.

—Iba a escribirte que vinieras.

—¿Cierto?

—Palabra de honor.

—Eso me tranquiliza; yo temía que me regañaseis.

—¿Y por qué?

—Porque he venido sin vuestro permiso. Pero oí decir que el duque de Anjou se había escapado del Louvre y partido para su provincia; recordé que vos estabais en las cercanías de Angers; pensé que habría guerra civil, muchas estocadas dadas y recibidas, y gran número de agujeros en la piel de mi prójimo, y como yo amo a mi prójimo como a mí mismo, y aun más que a mí mismo, he acudido al instante.

—Has hecho bien, Remigio, pues te aseguro que me hacías falta.

—¿Cómo lo pasa Gertrudis, monseñor?

Bussy se sonrió.

—Te prometo —dijo—, pedir noticias de ella a Diana la primera vez que la vea.


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