La Dama pálida
La Dama pálida Por lo demás, nuestra maniobra había sido prevista. En un sitio donde se ensanchaba el camino, y formaba una plazoleta el monte, nos esperaba un joven a la cabeza de una docena de jinetes; al vernos pusieron sus caballos a galope y vinieron a encontrarnos de frente, tanto que los que nos perseguían descendían de los flancos de la montaña, y, cortándonos la retirada nos envolvían por todos lados.
La situación era grave, y sin embargo, acostumbrada desde mi infancia a las escenas de guerra, pude abarcarla con una mirada sin perder un solo detalle.
Todos aquellos hombres, vestidos con pieles de carneros, llevaban inmensos sombreros hongos coronados de flores naturales, como los de los húngaros. Cada uno empuñaba un largo fusil turco, que blandían, después de haber disparado, lanzando gritos salvajes: llevaban, a más, en el cinto, un sable y un par de pistolas.