La Dama pálida
La Dama pálida El jefe era un joven de veintidós años apenas, de rostro pálido, rasgados ojos negros y cabellos que caían en bucles sobre sus hombros. Su traje se componía del vestido moldavo guarnecido de pieles y ceñido a la cintura por una faja con tiras de oro y seda. Un sable corvo brillaba en su mano y se veían cuatro pistolas prendidas a su cinto. Durante el combate lanzaba gritos roncos e inarticulados que parecían no pertenecer a la lengua «humana, y que sin embargo eran, por lo visto, voces de mando porque sus hombres obedecían a aquellos gritos, tendiéndose boca abajo en el suelo para evitar las descargas de nuestros soldados, levantándose a su vez para hacer fuego, disparando sobre los que aún estaban en pie, rematando los heridos y convirtiendo el combate en carnicería.
Había visto caer, uno tras otro, las dos terceras partes de mis defensores. Cuatro quedaban todavía en pie, agrupándose a mi alrededor, no para pedir gracia que estaban ciertos de no obtener sino resueltos a vender su vida lo más caro posible.