La Dama pálida
La Dama pálida Entonces el jefe arrojó un grito más expresivo que los demás extendiendo hacia nosotros la punta de su sable. Sin duda esa orden era la de envolver en un cÃrculo de fuego nuestro último grupo y fusilarnos a todos juntos, porque los largos mosquetes moldavos se bajaron simultáneamente. Comprendà que habÃa llegado nuestra hora suprema. Levanté los ojos y las manos al cielo en mi postrer rezo y aguardé la muerte.
En aquel momento vi, no bajar, sino precipitarse, saltar de roca en roca, un joven que se detuvo en pie, sobre una piedra que dominaba toda aquella escena, parecido a una estatua en su pedestal, y que, extendiendo la mano sobre el campo de batalla, no pronunció más qué una sola palabra:
—¡Basta!
A tal voz alzaron todos la mirada pareciendo obedecer a aquel nuevo jefe. Sólo un bandido, uno solo, encarándonos el fusil, hizo fuego.
Uno de nuestros hombres exhaló un grito; la bala le habÃa roto el brazo izquierdo.
Volvióse casi en seguida para arrojarse sobre el que le habÃa herido, pero antes de que hubiese dado cuatro pasos su caballo, un relámpago brilló encima de nosotros, y el bandido rebelde caÃa, despedazada por un balazo la cabeza.
Tan diversas emociones habÃan agotado mis fuerzas: me desmayé.