La Dama pálida
La Dama pálida Cuando recobré mis sentidos, me hallaba tendida en la yerba, apoyada la cabeza sobre las rodillas de un hombre de quien sólo veÃa la mano blanca y cubierta de sortijas, rodeando mi talle, en tanto que, ante mÃ, en pie, cruzado de brazos y con el sable bajo uno de ellos, estaba el jefe moldavo que habÃa dirigido el ataque contra nosotros.
—Kostaki, decÃa en francés y en tono de mando el que me sostenÃa, vais a ordenar al instante que vuestros hombres se retiren y a dejarme cuidar a esta mujer.
—Hermano mÃo, respondió el aludido que parecÃa contenerse con pena; hermano mÃo, cuidad de no apurar mi paciencia. Yo os dejo el castillo, dejadme vos el bosque. En el castillo vos sois el dueño pero yo soy aquà el soberano. Me bastarÃa aquà una palabra para obligaros a obedecerme.
—Kostaki, soy el mayor, es decir, el dueño en todas partes, lo mismo en el castillo que en el bosque, lo mismo allà que aquÃ. ¡Oh! soy de la sangre de Brankovan, como vos mismo, acostumbrado también a mandar, y mando.
—Vos, Gregoriska, mandáis a vuestros lacayos, pero a mis soldados ¡no!
—Vuestros soldados son bandidos, Kostaki… bandidos que haré colgar de las almenas de nuestras torres, si al instante no me obedecen.
—Pues bien, tratad de mandárselo.