La Dama pálida
La Dama pálida
Entonces sentí que el que me sostenía retiraba suavemente la rodilla y colocaba con cuidado mi cabeza sobre una piedra. Le seguí ansiosa con la vista, y pude ver al mismo joven que había caído, por decirlo así, del cielo en medio de nuestra pelea, y que sólo había podido entrever, por haberme desmayado en el instante mismo en que habló.
Tendría unos veinticuatro años, era de elevada estatura, y en sus grandes ojos azules se leían resolución y firmeza singulares.
Sus largos cabellos rubios, indicio de la raza eslava, le caían sobre los hombros como los del arcángel san Miguel, ornando unas mejillas jóvenes y frescas; entreabría sus labios desdeñosa sonrisa, dejando ver una doble hilera de perlas; su mirada era la que cruza el águila con el rayo. Iba vestido con una especie de túnica de terciopelo negro; un pequeño birrete parecido al de Rafael, ornado de una pluma de águila, cubría su cabeza; llevaba pantalones ajustados y botas bordadas. Su talle estaba ceñido por un cinturón del cual pendía un cuchillo de caza; y colgaba de sus hombros una pequeña carabina de dos cañones, cuya puntería había podido apreciar uno de los bandidos.
Extendió la mano, y aquella mano tendida parecía dictar órdenes a su mismo hermano.