La Dama pálida
La Dama pálida Pronunció algunas palabras en idioma moldavo, palabras que parecieron ejercer profunda impresión en los bandidos. Entonces, en el mismo idioma, habló a su vez el joven jefe, y adiviné que en sus palabras iban envueltas imprecaciones y amenazas.
Pero a aquel largo y acalorado discurso, el mayor de los dos hermanos sólo respondió una palabra.
Los bandidos se inclinaron.
Hizo un gesto, y los bandidos se alinearon tras de nosotros.
—Y bien, sea, Gregoriska, —dijo Kostaki volviendo a valerse de la lengua francesa—. No irá esa mujer a la caverna; pero no por ello dejará de ser mía. La encuentro hermosa, la he conquistado y la quiero.
Y al decir estas palabras, se arrojó hacia mí y me tomó en sus brazos.
—Esa mujer será conducida al castillo y entregada a mi madre, y de aquí a allá no la abandonaré, respondió mi protector.
—¡Mi caballo! —gritó Kostaki en lengua moldava.
Diez bandidos se apresuraron a obedecer y presentaron al dueño el caballo que pedía.
Gregoriska miró a su alrededor, cogió por la brida al caballo sin dueño y de un salto montó en él sin tocar si siquiera los estribos.