La Dama pálida
La Dama pálida Kostaki se colocó en la silla casi con tanta ligereza como su hermano, aun cuando me tenía aún entre sus brazos, partió al galope.
El caballo de Gregoriska parecía haber recibido el mismo impulso, y fue a colocar su cabeza y su flanco juntó a la cabeza y flanco del caballo de Kostaki.
Era cosa curiosa el ver a aquellos dos jinetes, volando uno al lado del otro, sombríos, silenciosos, no perdiéndose de vista ni un solo instante, y, sin mirarse al parecer, abandonados a sus caballos, cuya desesperada carrera les llevaba a través de bosques, rocas y precipicios.
Mi cabeza caída me permitía ver los hermosos ojos de Gregoriska fijos en los míos. Kostaki lo reparó, levantó mi cabeza y ya no vi más que su mirada sombría que me devoraba. Bajé los párpados; pero inútilmente: a través de su velo, continué viendo aquella mirada lacerante que, penetrando hasta el fondo de mi pecho, me atravesaba el corazón.
Entonces se apoderó de mí una extraña alucinación; me pareció ser la Leonora de la balada de Burger, arrastrada por el caballo y el caballero fantasmas, y cuando sentí que nos deteníamos, sólo con terror abrí mis ojos, tan convencida me hallaba de que no iba a ver a mi alrededor sino cruces rotas y sepulcros abiertos.
Lo que vi, no, era mucho más risueño.