La Dama pálida

La Dama pálida

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Mí madre…, no debiera un hijo, bien lo sé, contaros lo que voy a deciros; pero como es preciso que nos conozcáis, podréis apreciar las causas de esta revelación; mi madre que, durante los primeros viajes de mi padre, cuando estaba yo en mi infancia, había tenido relaciones culpables con un jefe de sectarios (así es, añadió Gregoriska sonriendo, cómo llaman en este país a los hombres que os han atacado), mi madre, digo, que había tenido relaciones culpables con el conde Giordaki Koproli, medio griego, medio moldavo, escribió a mi padre para decírselo todo y pedirle el divorcio, apoyando semejante demanda en que no quería —ella, una Brankovan— continuar siendo la mujer de un hombre que era cada día más extranjero en su país. Desgraciadamente, mi padre no tuvo necesidad de otorgar su consentimiento a esta demanda, que a vos podrá parecer extraña, pero que es muy natural y común entre nosotros. Acababa mi padre de morir de un aneurisma que le martirizaba hacía ya tiempo, y yo fui quien recibí la carta. Nada tenía yo que hacer, sino votos sinceros por la felicidad de mi madre, y una carta mía le llevó estos votos anunciándole que había quedado viuda.

En esta misma carta le pedía el permiso de continuar mis viajes, permiso que me fue otorgado.



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