La Dama pálida
La Dama pálida Di gracias a las doncellas haciéndoles seña de que me desnudarÃa sola, y salieron en seguida deshaciéndose en testimonios de respeto que indicaban que tenÃan orden de obedecerme en todo.
Me quedé en aquel aposento inmenso donde mi luz, al cambiar de sitio, no iluminaba más que las partes que recorrÃa, sin llegar a iluminar lo restante; singular combinación que establecÃa una lucha entre el resplandor de mi bujÃa y los rayos de la luna que atravesaban por mi ventana sin cortinas.
Además de la puerta por la cual habÃa entrado y que daba a una escalera, otras dos puertas comunicaban con mi aposento; pero los cerrojos enormes de que estaban provistas y que se cerraban del lado en que yo me hallaba, bastaban para tranquilizarme.
Me acerqué a la puerta de entrada que cuidadosamente inspeccioné. Ésta, como las otras, tenÃa sus medios de defensa. Abrà mi ventana: daba sobre un precipicio.
Comprendà que ya con qué intención habÃa elegido Gregoriska aquella habitación.
En fin, al volver a mi sofá, encontré sobre una mesa colocada a mi cabecera, un billetito doblado.
Lo abrà y leà en polaco.
«Dormid tranquila; nada tenéis que temer mientras permanezcáis en el interior del castillo».
«GREGORISKA».