La Dama pálida

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La cena fue triste; ni una vez sola me dirigió Kostaki la palabra aunque su hermano guardó siempre la atención de hablarme en francés. Por lo que toca a la madre, me ofreció ella misma de todo lo que sirvieron con aquella solemnidad que nunca la abandonaba. Tenía razón Gregoriska: era una verdadera princesa.

Después de la cena, Gregoriska se adelantó hacia su madre, explicándole en lengua moldava la necesidad que sentiría sin duda de hallarme sola, y cuán necesario me sería el descanso después de un día tan lleno de emociones.

Smeranda hizo con la cabeza una seña de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente como lo hubiera hecho con su hija y me deseó una feliz noche en su castillo.

Gregoriska no se había equivocado: deseaba yo ardientemente aquel instante de soledad. Así, pues, di las gracias a la princesa que me acompañó hasta la puerta, donde me esperaban las dos mujeres que me habían conducido anteriormente a mi habitación.

La saludé a mi vez, lo mismo que a sus dos hijos y entré en el aposento mismo del cual saliera una hora antes.

El sofá había sido convertido en lecho, y éste era el único cambio que allí se había operado.


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