La Dama pálida

La Dama pálida

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Entonces pronunció Kostaki en francés ciertas palabras casi tan ininteligibles para mí como las que en moldavo había pronunciado, pero las interrumpió la madre extendiendo gravemente el brazo. Indudablemente declaraba a sus hijos que era ella quien debía recibirme.

Entonces empezó en lengua moldava un discurso de bienvenida al cual daba su fisonomía un sentido fácil de explicar. Me mostró la mesa, me ofreció un asiento junto al suyo, me señaló con un ademán la casa entera, como para decirme que podía disponer de ella, y sentándose la primera con benévola dignidad, hizo la señal de la cruz y empezó una oración.

Cada uno ocupó entonces su asiento, asiento fijado por la etiqueta. Gregoriska se sentó junto a mí. Yo era la extranjera, y por consiguiente ocupaba el sitio honorífico de Kostaki junto al de su madre Smeranda.

Así era como se llamaba la princesa.

Gregoríska también había mudado de traje. Llevaba como su hermano la túnica magiar; sólo que era de terciopelo granate y sus pantalones de cachemira azul. Pendía de su cuello una magnífica condecoración: el Nisham del sultán Mahmoud.

Los demás comensales de la casa cenaban a la misma mesa, cada cual ocupando el sitio que le designaba su jerarquía entre los amigos o entre los servidores.


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