La Dama pálida
La Dama pálida En seguida de haber abierto la puerta Gregoriska, y haber pronunciado, en moldavo, una palabra que luego supe que querÃa decir: la extranjera, una mujer de elevada estatura se adelantó hacia nosotros.
Era la princesa Brankovan.
Llevaba trenzados detrás de la cabeza sus blancos cabellos, cubierto por una gorrita de marta cibelina, coronada por un penacho, testimonio de su regia estirpe, y vestÃa una especie de bata de tela de oro, cuyo cuerpo sembrado de pedrerÃas ocultaba a medias un sobretodo de tela turca, guarnecido de pieles análogas a las de la gorra.
En la mano, un rosario de cuentas de ámbar.
A su lado estaba Kostaki llevando el espléndido y majestuoso traje magiar, con el cual me pareció aún más extraño.
Era una túnica de terciopelo verde de mangas muy anchas, que le caÃa hasta cerca de las rodillas; llevaba pantalones de cachemira encarnada y babuchas de tafilete bordadas de oro; su cabeza estaba descubierta, y sus largos cabellos, azules a fuerza de ser negros, caÃan sobre el desnudo cuello, donde asomaba la finÃsima orla blanca de una camisa de seda.
Me saludó torpemente y pronunció en moldavo algunas palabras que fueron para mà ininteligibles.
Podéis hablar francés, hermano mÃo, dijo Gregoriska, la señora es polaca y entiende este idioma.