La Dama pálida

La Dama pálida

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—He aquí la causa, me dijo, de que haya permanecido tan largo tiempo sin confesaros mi amor. Y es que deseaba, una vez seguro de vuestro amor, que nada pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico, Hedwigia, inmensamente rico; pero a la manera de los señores moldavos, rico en tierras, en rebaños, en siervos. Pues bien, he vendido al monasterio de Hango por valor de un millón de tierras, en rebaños, en villas, y me han dado por valor de trescientos mil francos en pedrerías cien mil francos en oro, y el resto en letras de cambio sobre Viena. ¿Os bastará un millón?

Yo le estreché la mano.

—Vuestro amor me hubiera bastado Gregoriska, juzgad pues.

—Pues bien, oídme. Mañana, iré al monasterio de Hango para terminar el negocio con el superior. Tiene caballos dispuestos, que nos esperarán desde las nueve, ocultos a cien pasos del castillo. Después de cenar, subiréis como hoy a vuestra habitación, como hoy apagaréis vuestra luz, como hoy, en fin, me introduciré yo en vuestro aposento. Sólo que mañana en lugar de salir solo, vos me seguiréis, llegaremos a la puerta que da al campo, encontraremos nuestros caballos, y pasado mañana al amanecer habremos andado ya treinta leguas.

—¡Ojalá fuese pasado mañana!

—¡Hedwigia mía!


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