La Dama pálida
La Dama pálida Llevó él mi mano a sus labios, sin dejar de mirar para pedirme perdón de semejante osadÃa.
Yo bajé los ojos; era expresar en silencio mi consentimiento.
—Os amo, —me dijo con su voz melodiosa como un canto—; ¿me amáis vos?
—SÃ, —le respondÃ.
—¿ConsentirÃais en ser mi esposa?
—SÃ.
Gregoriska pasó la mano por su frente con una profunda aspiración de felicidad.
—¿Entonces, no rehusaréis seguirme?
—Os seguiré a todas partes.
—Porque ya comprenderéis, —continuó—, que no podemos ser felices sino huyendo.
—¡Oh! ¡sÃ! —exclamé—; ¡huyamos!
—¡Silencio! —dijo él estremeciéndose—; ¡silencio!
—Tenéis razón.
Y, trémula, me acerqué a él.