La Dama pálida

La Dama pálida

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—¿Cuál?

—Apagad vuestra luz como si estuvieseis acostada, y, dentro de media hora, abridme vuestra puerta.

—Volved dentro de media hora. —Fue mi única respuesta. Apagué la luz y esperé.

Mi corazón latía con violencia, comprendiendo que se trataba de algún acontecimiento importante.

Transcurrió la media hora; oí llamar aún más quedo que la primera vez. Como durante el intervalo había descorrido los cerrojos, sólo tuve que abrir la puerta.

Gregoriska entró y, sin aguardar a que él me lo dijera, empujé la puerta detrás de él y corrí los cerrojos.

Permaneció un instante mudo e inmóvil, imponiéndome silencio con el gesto. Después, cuando se hubo cerciorado de que ningún peligro urgente nos amenazaba, me condujo al centro de la vasta habitación y conociendo por mi temblor que me sería imposible permanecer en pie, fue a buscarme una silla.

Me senté, o por mejor decir, me dejé caer sobre aquel asiento.

—¡Oh! ¡Dios mío! —le dije—, ¿qué hay, y por qué tantas precauciones?

—Porque mi vida, lo cual nada importaría, y la vuestra quizá también dependen de la conversación que vamos a tener. —Asustada; le cogí de la mano.


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