La Dama pálida

La Dama pálida

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Gregoriska me había hablado de esa fuerza de voluntad, de ese poder que ejercen sobre sí mismos los moldavos, cuando no quieren dejar leer en sus sentimientos. De ello era él propio un ejemplo viviente. Era imposible estar más cierta de amor de un hombre de lo que yo lo estaba del suyo, y sin embargo, si se me hubiese preguntado en qué prueba se apoyaba aquella certeza, me hubiera sido imposible decirlo; nadie, en el castillo, podía decir que hubiese visto su mano tocar la mía, ni sus ojos buscar los míos. Sólo los celos podían descubrir a Kostaki aquella rivalidad, como sólo mi amor podía esclarecerme sobre aquel amor.

Lo confieso, sin embargo, aquel poder de Gregoriska sobre sí mismo me inquietaba. Ciertamente que yo creía, pero no era bastante, necesitaba convencerme, cuando una noche, así que acababa de entrar en mi habitación, oí llamar suavemente a una de las dos puertas que ya he indicado que cerraban por dentro. En el modo de llamar, adiviné que el llamamiento procedía de un amigo. Me acerqué y pregunté:

—¿Quién va?

—Gregoriska, —respondió una voz cuyo acento no era posible que equivocara yo con otro.

—¿Qué me queréis? —le pregunté temblando de emoción.

—Si tenéis confianza en mí, dijo Gregoriska, si me creéis hombre de honor, concededme un favor.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker