La Dama pálida
La Dama pálida Gregoriska me habÃa hablado de esa fuerza de voluntad, de ese poder que ejercen sobre sà mismos los moldavos, cuando no quieren dejar leer en sus sentimientos. De ello era él propio un ejemplo viviente. Era imposible estar más cierta de amor de un hombre de lo que yo lo estaba del suyo, y sin embargo, si se me hubiese preguntado en qué prueba se apoyaba aquella certeza, me hubiera sido imposible decirlo; nadie, en el castillo, podÃa decir que hubiese visto su mano tocar la mÃa, ni sus ojos buscar los mÃos. Sólo los celos podÃan descubrir a Kostaki aquella rivalidad, como sólo mi amor podÃa esclarecerme sobre aquel amor.
Lo confieso, sin embargo, aquel poder de Gregoriska sobre sà mismo me inquietaba. Ciertamente que yo creÃa, pero no era bastante, necesitaba convencerme, cuando una noche, asà que acababa de entrar en mi habitación, oà llamar suavemente a una de las dos puertas que ya he indicado que cerraban por dentro. En el modo de llamar, adiviné que el llamamiento procedÃa de un amigo. Me acerqué y pregunté:
—¿Quién va?
—Gregoriska, —respondió una voz cuyo acento no era posible que equivocara yo con otro.
—¿Qué me queréis? —le pregunté temblando de emoción.
—Si tenéis confianza en mÃ, dijo Gregoriska, si me creéis hombre de honor, concededme un favor.