La Dama pálida
La Dama pálida Smeranda me amaba también con apasionada amistad cuya expresión me daba miedo. ProtegÃa visiblemente a Kostaki y parecÃa estar más celosa de mÃ, de lo que lo estaba él mismo. Sólo que, como no entendÃa el polaco, ni el francés y yo por mi parte no entendÃa el moldavo, no podÃa instar mucho en favor de su hijo; pero habÃa aprendido a decir en francés tres palabras, las cuales repetÃa cada vez que sus labios se posaban sobre mi frente:
—Kostaki ama Hedwigia.
Un dÃa supe una noticia terrible y que vino a colmar mis desdichas; habÃan sido liberados los cuatro hombres que sobrevivieran al combate, y habÃan partido para Polonia, jurando que uno de ellos volverÃa antes de tres meses para darme noticias de mi padre.
Uno de ellos regresó, en efecto, una mañana.
Nuestro castillo habÃa sido tomado por asalto, incendiado y arrasado; mi padre se hizo matar defendiéndole.
Estaba sola en el mundo.
Redobló sus instancias Kostaki y su ternura Smeranda; pero por aquella vez pretexté el luto de mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto más aislada me hallaba, más necesidad tenÃa de sostén; su madre insistió con él y más que él quizá.