La Dama pálida
La Dama pálida Algunos minutos antes de las nueve me pareció oír en el patio el galope de un caballo. Smeranda lo oyó también, porque volvió la cabeza del lado de la ventana; pero era demasiado oscura la noche para que pudiese ver nada.
—¡Oh! ¡si me hubiese mirado en aquel momento, cómo hubiera adivinado lo que pasaba en mi corazón!
No había sonado más que el galope de un solo caballo, y era muy natural. Ya sabía yo que no regresaría más que un solo caballero.
¿Pero cuál?
Resonó en la antesala el rumor de unas pisadas. Éstas eran lentas; parecían gravitar sobre mi corazón.
Se abrió la puerta y vi diseñarse una sombra en la oscuridad. Esta sombra se paró un instante en el umbral de la puerta.
Mi corazón estaba suspenso.
La sombra se adelantó, y a medida que iba penetrando en el círculo de luz, yo respiraba.
Reconocí a Gregoriska.
Un instante más de dolor, y se rompería mi corazón.
Reconocí a Gregoriska, sí, pero pálido como la muerte. Solamente con verle, se adivinaba ya que acababa de ocurrir algo terrible.
—¿Eres tú, Kostaki? —preguntó Smeranda.