La Dama pálida

La Dama pálida

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—No, madre mía, —respondió Gregoriska con voz sorda.

—¡Ah! ¿por fin estáis aquí, y desde cuando aquí debe esperaros vuestra madre?

—Madre mía, —dijo Gregoriska fijando una mirada en el reloj—, no son más que las nueve.

En aquel momento, efectivamente, dieron las nueve.

—Verdad es, —dijo Smeranda—. ¿Dónde está vuestro hermano? —A mi pesar, pensé que era la misma pregunta que Dios había dirigido a Caín.

Gregoriska no respondió.

—¿Nadie ha visto a Kostaki? —preguntó Smeranda. El mayordomo se informó.

—A las siete, —dijo éste—, el conde ha ido a la cuadra a ensillar por sus propias manos su caballo, y ha partido por el camino del monasterio de Hango.

En aquel momento se encontraron mis ojos con los de Gregoriska. No sé si fue realidad o alucinación, pero me pareció que una gota de sangre lucía en medio de su frente.

Llevé lentamente el dedo a mi propia frente, indicando el sitio donde creía ver aquella mancha.

Comprendiéndolo Gregoriska; tomó su pañuelo y se enjugó.


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