La Dama pálida
La Dama pálida —SÃ, sà —murmuró Smeranda—, habrá encontrado algún oso, algún lobo que se habrá entretenido en perseguir. Por cosa tan baladà deja un hijo a su madre. ¿Dónde le habéis dejado, Gregoriska? decid.
—Madre mÃa, —respondió Gregoriska con voz conmovida pero entera—, mi hermano y yo no hemos partido juntos.
—Bien está, —dijo Smeranda—. SÃrvase la cena, sentémonos a la mesa y ciérrense las puertas. Los que estén fuera, dormirán fuera.
Las dos primera partes de esta orden fueron ejecutadas al pie de la letra. Smeranda ocupó su asiento, Gregoriska se sentó a su derecha y yo a su izquierda.
Después salieron los criados para cumplir la tercera orden, es decir, para cerrar las puertas del castillo.
En aquel momento se oyó un gran rumor en el patio y un sirviente, azorado, se precipitó en el comedor exclamando:
—Princesa, el caballo del conde Kostaki acaba de entrar en el patio, solo y cubierto de sangre.
—¡Oh! —murmuró Smeranda irguiéndose pálida y amenazadora—; asà entró una noche el caballo de su padre.
Dirigà la vista hacia Gregoriska. No estaba ya pálido; estaba lÃvido.