La Dama pálida
La Dama pálida En efecto, el caballo del conde Koproli había entrado una noche en el patio del castillo, cubierto de sangre, y una hora después los servidores habían encontrado y traído el cuerpo cubierto de heridas.
Smeranda tomó un hachón de manos de uno de los criados, se adelantó hacia la puerta, la abrió, y bajó al patio.
Al asustado caballo apenas podían contenerle tres o cuatro servidores.
Smeranda se adelantó hacia el animal; miró la sangre que manchaba su silla, y descubrió una herida en lo alto de la frente.
—Kostaki ha sido muerto de frente, dijo la princesa, en duelo, y por un solo enemigo. Buscad su cuerpo, hijos míos, que más tarde trataremos de buscar al matador.
Como el caballo había entrado por la puerta de llano, todos los servidores se precipitaron por esta puerta, y relucieron los hachones por la campiña hasta perderse en el bosque, como, en una hermosa noche de verano, se ven centellear las luciérnagas en las llanuras de Niza y de Pisa.
Smeranda, como si hubiese estado convencida de que las pesquisas no serían largas, esperaba de pie en la puerta. Ni una lágrima corría de los ojos de aquella desolada madre, y sin embargo se sentía rugir la desesperación en el fondo de su alma.