La Dama pálida
La Dama pálida Gregoriska estaba detrás de ella y yo junto a Gregoriska. Por un instante, al abandonar el salón, había tenido la intención de ofrecerme el brazo, pero no se atrevió.
Al cabo de un cuarto de hora o poco más, se vio por la revuelta del camino aparecer una antorcha, en seguida dos, después todas.
Sólo que aquella vez en lugar de esparramarse por la campiña, estaban agrupadas en torno de un centro común.
Este centro común, según pudo verse muy pronto, se componía de una litera y de un hombre tendido sobre ella.
El fúnebre cortejo avanzaba, pero lentamente.
A los diez minutos llegó a la puerta. Al reparar en la madre viva que aguardaba al hijo muerto, los que lo llevaban se descubrieron instintivamente, después entraron silenciosos en el patio.
Smeranda les siguió, y nosotros seguimos a Smeranda. De ese modo llegamos al salón en el cual fue depositado el cuerpo.
Entonces, con ademán de suprema majestad, Smeranda se abrió paso, y acercándose al cadáver, dobló en tierra una rodilla, separó los cabellos que ocultaban su rostro, y permaneció contemplándole por largo tiempo, enjutos los ojos. Abriendo en seguida la túnica moldava, entreabrió la camisa manchada de sangre.